La sala aguardaba tranquila, consciente de que no deberÃa tardar el ritual de cada atardecer. Resultaba casi imposible ver las paredes de aquella estancia, las cuales estaban precedidas por elevadas estanterÃas repletas de libros, carpetas y demás documentos. El pasillo que llegaba hasta aquella peculiar biblioteca ya estaba avisando, mediante el tenue crujir del suelo, que el anciano casi habÃa llegado. Los libros se hacÃan a la idea de que cualquiera podrÃa ser el elegido aquella tarde para ser leÃdo, en aquel diván que marcaba el centro absoluto de la habitación. Uno de ellos serÃa el privilegiado del dÃa, y sobre él se reflejarÃa la luz de la vieja lámpara, mientras el anciano repasa, de forma pausada, cada una de las letras que componen el sueño literario. Una vez éste hubo llegado a la sala, suspiró deseoso de saber qué libro elegirÃa aquella tarde, qué historias guardarÃa, impaciente, porque alguien las leyera. No se hizo de rogar y, tan pronto llegó, comenzó a ojear aquellas columnas repletas de volúmenes, con la misma ilusión con la que un niño elije el juguete que quiere por navidades. Sus arrugadas manos palpaban la cubierta de decenas de libros, mientras su dedo Ãndice señalaba los tÃtulos, como si se los mostrase a alguien. Su memoria empezaba a flaquear. Pero recordaba sin problema las historias que estaban detrás de cada libro, de cada legajo. Siempre sostuvo que cada libro tenÃa dos historias. Una era la que ocultaba en sus páginas y la otra, posiblemente más importante, la que hizo que el libro acabase en sus manos. A menudo pensaba, con admiración, en todas aquellas personas que en algún momento se habÃan sentado a escribir, a componer música partiendo de letras, para que otro pudiera escucharla con sus ojos. El viejo habÃa pisado miles de librerÃas de todo el mundo, donde habÃa comprado más libros de los que una persona pudiera leer en toda su vida. Pero él los leyó. PodrÃa decirse que conocÃa cada página, cada arruga. Era verdadera admiración hacia la literatura, en ocasiones obsesiva. Era el tesoro de toda una vida. Los personajes contenidos en aquellos libros a veces habÃan sido como familiares para el anciano, hasta que el libro tocaba a su fin. En ese momento, esos personajes despejaban la habitación para dejar sitio a los nuevos inquilinos. Resultaba curioso la forma en la que piratas daban paso a médicos, detectives y, últimamente, incluso empresarios. Durante sus más de ochenta años, habÃa visto cómo evolucionaban las historias, cómo cambiaban las necesidades y preocupaciones de los escritores, como reflejo de la sociedad. HabÃa sido testigo en primicia de grandes batallas, cruentos asesinatos o romances que rozaban lo enfermizo. Ninguna de esas cosas llegó a ocurrir jamás.
El viejo siguió paseando por la habitación, ajeno a nuestra indiscreta visita. Continuó repasando con la mirada multitud de volúmenes, recordando la historia de cada uno, buscando algo que le apeteciera. Fue entonces cuando vio un libro en concreto. Su inequÃvoca cubierta azul le delató y el anciano no pudo evitar revivir todo lo que aquel objeto le recordaba. En ese momento comenzó a ver un árbol junto a un pequeño arroyo. Bajo el árbol y dentro de la sombra que éste dibujaba se encontraba Óscar, nuestro protagonista, con dieciocho años recién cumplidos. Se encontraba leyendo un libro, concretamente el de la cubierta azul. Sus padres se lo habÃan regalado por su cumpleaños y estaba devorándolo como si nunca antes hubiera leÃdo. Fue en ese momento cuando vio por primera vez a Marina, que paseaba junto a aquel arroyo. Los dos cruzaron la mirada. Algunos meses después, ambos se casarÃan y se trasladarÃan a vivir a la ciudad. Celebraban su aniversario de una forma peculiar, que no era otra que sentarse en el ya citado diván y leer ese libro. No habÃa vuelto a abrir el libro azul desde que ella falleció hace ya algunos años. En ese momento, una lágrima cayó por su rostro para terminar estrellándose en el libro que sostenÃa en las manos.
Aquel diván era un fiel testigo de su vida. HabÃa estado siempre ahÃ, presenciando los momentos más importantes. HabÃa observado cómo el anciano enseñó a sus hijos a leer y a amar la literatura tanto como él. Tan bien lo hizo que, cada vez que alguno de sus dos hijos visitaba la casa, necesitaban encerrarse en la biblioteca a repasar alguno de aquellos viejos textos. HabÃan comprendido desde pequeños el respeto y el amor que hay que tenerle a los libros y los cuidaban como su padre, con pasión. Presidiendo la habitación habÃa una foto de los cuatro, algo amarillenta ya, pero aún conservaba la ilusión con la que fue tomada hace ya más de cuarenta años. La familia habÃa cambiado desde entonces, habÃan llegado nuevos miembros, y otros habÃan dicho adiós para siempre. Y él, aunque pueda resultar duro, sabÃa que no le quedaba demasiado. No le tenÃa miedo a morir; sabÃa que otros muchos ya lo habÃan padecido antes y, por tanto, serÃa un paso más que tendrÃa que dar. EntendÃa que habÃa que vivir el momento sin preocuparse demasiado por qué vendrÃa después. Pero querÃa creer que podrÃa seguir existiendo tras su muerte. Y se aferraba a ello con el noble deseo de volver a ver a todas esas personas que habÃa querido durante su vida. En otra de las estanterÃas tropezó inesperadamente con otra fotografÃa, flanqueada entre dos libros. En el retrato aparecÃan dos personas. Eran él y su padre. Con una de las manos se aferraba a su padre, con la otra, sujetaba un libro. Ese habÃa sido su primer libro, que no era otra cosa sino unas doce páginas repletas de ilustraciones con poco que leer, pero suficiente para comenzar a entender la importancia que tenÃan esos objetos.
El paseo se encontraba en sus últimos estertores. El viejo tenÃa multitud de ideas rondándole por la cabeza sobre qué leer y tendrÃa que decidir pronto, antes de que cayera la noche. Aunque, a decir verdad, no tenÃa prisa de ningún tipo; nadie le esperaba. De hecho, poca gente le echarÃa en falta si mañana no saliese a la calle. Sà que se notarÃa su ausencia en la cafeterÃa, la que visitaba todas las mañanas desde hace más de diez años. Pero, siendo sinceros, al camarero su ausencia le parecerÃa una mera anécdota y esperarÃa a la mañana siguiente para inquirirle acerca de ella. Sus hijos, tardarÃan en notar su falta y probablemente lo harÃan a través de una de sus llamadas mensuales, cuando el anciano no estuviese para responder. Por lo demás, podÃa estar tranquilo, ya que su desaparición no iba a detener el planeta. Pero no podÃa. Su vida siempre habÃa estado condicionada al tiempo y habÃa sido tan fiel a su reloj como a su esposa. No le gustaba gastar ni un minuto más de lo debido en alguna de sus tareas, y la lectura no podÃa ser una excepción. Frunció el ceño como cuando uno recuerda algo importante y, con un enérgico movimiento impropio de su edad, dio media vuelta y se dirigió al estante que hace tan sólo unos segundos habÃa estado a su espalda. ParecÃa que ya habÃa tomado una decisión respecto a qué leer aquella noche. Cogió el volumen elegido con cariño, casi como si lo tuviera guardado entre paños de terciopelo y limpió con la mano el polvo que tenÃa, la cual después sacudió contra su ropa. Acto seguido y con el libro bajo el brazo, puso rumbo a una pequeña mesa que estaba en el rincón, aparentemente decorativa. Sobre ella descansaban algunas copas, vasos y un par de botellas de licor. El anciano cogió una de ellas y vertió parte de su contenido en uno de los vasos. Una vez obtuvo su botÃn, ya era el momento de sentarse en el vetusto diván a degustar ambos placeres. Sonrió tan solo de pensar en el buen rato que le esperaba, y el diván percibió dicha sonrisa. Éste hizo lo posible por acomodar al anciano, aun sabiendo que tendrÃa que hacerlo durante varias horas. No le importó.
Llegado ese momento y con todos los ingredientes ya preparados, el viejo se giró y encendió la pequeña lámpara que utilizaba para leer. La página del libro cobró vida y comenzó el dÃa en el relato. Se humedeció los labios con el licor y saboreó pacientemente la bebida.
Dos horas después, los párpados del viejo pesaban como si estuvieran hechos de acero. Comprendió que deberÃa dejar de leer e ir a descansar. Sin saber cómo, su mano perdió fuerza, perdió el vigor que habÃa tenido durante toda la vida y el libro terminó en el suelo. Nuestro viejo amigo no terminaba de comprender qué ocurrÃa. Unos instantes antes se encontraba inmerso en el Nueva York de los años veinte, y ahora, luchaba con ahÃnco por mantener el vaso en la mano. Todo el esfuerzo fue en vano y el poco lÃquido que éste aún guardaba terminó derramado por el suelo. Todo pasó muy rápido. Cuando el viejo se quiso dar cuenta ya era tarde y se vio a él mismo tumbado sobre su colega, aquel diván ocre, con los ojos cerrados y el brazo aun intentando recuperar la fuerza que hasta ahora habÃa albergado. Decidió dejar de mirar aquella dantesca escena y se giró hacia sus libros, a admirar aquellas coloridas cubiertas. Quizás mañana nadie le echará en falta, pero sus libros le seguirán esperando cada atardecer, ansiosos por saber cuál será el elegido aquel dÃa.

El paseo del viejo, escrito por Jorge Sánchez Vega está protegido por una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Publicado originalmente en www.jorgesanchez.nom.es.





