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Blog de Jorge Sánchez Vega

El paseo del viejo

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La sala aguardaba tranquila, consciente de que no debería tardar el ritual de cada atardecer. Resultaba casi imposible ver las paredes de aquella estancia, las cuales estaban precedidas por elevadas estanterías repletas de libros, carpetas y demás documentos. El pasillo que llegaba hasta aquella peculiar biblioteca ya estaba avisando, mediante el tenue crujir del suelo, que el anciano casi había llegado. Los libros se hacían a la idea de que cualquiera podría ser el elegido aquella tarde para ser leído, en aquel diván que marcaba el centro absoluto de la habitación. Uno de ellos sería el privilegiado del día, y sobre él se reflejaría la luz de la vieja lámpara, mientras el anciano repasa, de forma pausada, cada una de las letras que componen el sueño literario. Una vez éste hubo llegado a la sala, suspiró deseoso de saber qué libro elegiría aquella tarde, qué historias guardaría, impaciente, porque alguien las leyera. No se hizo de rogar y, tan pronto llegó, comenzó a ojear aquellas columnas repletas de volúmenes, con la misma ilusión con la que un niño elije el juguete que quiere por navidades. Sus arrugadas manos palpaban la cubierta de decenas de libros, mientras su dedo índice señalaba los títulos, como si se los mostrase a alguien. Su memoria empezaba a flaquear. Pero recordaba sin problema las historias que estaban detrás de cada libro, de cada legajo. Siempre sostuvo que cada libro tenía dos historias. Una era la que ocultaba en sus páginas y la otra, posiblemente más importante, la que hizo que el libro acabase en sus manos. A menudo pensaba, con admiración, en todas aquellas personas que en algún momento se habían sentado a escribir, a componer música partiendo de letras, para que otro pudiera escucharla con sus ojos. El viejo había pisado miles de librerías de todo el mundo, donde había comprado más libros de los que una persona pudiera leer en toda su vida. Pero él los leyó. Podría decirse que conocía cada página, cada arruga. Era verdadera admiración hacia la literatura, en ocasiones obsesiva. Era el tesoro de toda una vida. Los personajes contenidos en aquellos libros a veces habían sido como familiares para el anciano, hasta que el libro tocaba a su fin. En ese momento, esos personajes despejaban la habitación para dejar sitio a los nuevos inquilinos. Resultaba curioso la forma en la que piratas daban paso a médicos, detectives y, últimamente, incluso empresarios. Durante sus más de ochenta años, había visto cómo evolucionaban las historias, cómo cambiaban las necesidades y preocupaciones de los escritores, como reflejo de la sociedad. Había sido testigo en primicia de grandes batallas, cruentos asesinatos o romances que rozaban lo enfermizo. Ninguna de esas cosas llegó a ocurrir jamás.

El viejo siguió paseando por la habitación, ajeno a nuestra indiscreta visita. Continuó repasando con la mirada multitud de volúmenes, recordando la historia de cada uno, buscando algo que le apeteciera. Fue entonces cuando vio un libro en concreto. Su inequívoca cubierta azul le delató y el anciano no pudo evitar revivir todo lo que aquel objeto le recordaba. En ese momento comenzó a ver un árbol junto a un pequeño arroyo. Bajo el árbol y dentro de la sombra que éste dibujaba se encontraba Óscar, nuestro protagonista, con dieciocho años recién cumplidos. Se encontraba leyendo un libro, concretamente el de la cubierta azul. Sus padres se lo habían regalado por su cumpleaños y estaba devorándolo como si nunca antes hubiera leído. Fue en ese momento cuando vio por primera vez a Marina, que paseaba junto a aquel arroyo. Los dos cruzaron la mirada. Algunos meses después, ambos se casarían y se trasladarían a vivir a la ciudad. Celebraban su aniversario de una forma peculiar, que no era otra que sentarse en el ya citado diván y leer ese libro. No había vuelto a abrir el libro azul desde que ella falleció hace ya algunos años. En ese momento, una lágrima cayó por su rostro para terminar estrellándose en el libro que sostenía en las manos.

Aquel diván era un fiel testigo de su vida. Había estado siempre ahí, presenciando los momentos más importantes. Había observado cómo el anciano enseñó a sus hijos a leer y a amar la literatura tanto como él. Tan bien lo hizo que, cada vez que alguno de sus dos hijos visitaba la casa, necesitaban encerrarse en la biblioteca a repasar alguno de aquellos viejos textos. Habían comprendido desde pequeños el respeto y el amor que hay que tenerle a los libros y los cuidaban como su padre, con pasión. Presidiendo la habitación había una foto de los cuatro, algo amarillenta ya, pero aún conservaba la ilusión con la que fue tomada hace ya más de cuarenta años. La familia había cambiado desde entonces, habían llegado nuevos miembros, y otros habían dicho adiós para siempre. Y él, aunque pueda resultar duro, sabía que no le quedaba demasiado. No le tenía miedo a morir; sabía que otros muchos ya lo habían padecido antes y, por tanto, sería un paso más que tendría que dar. Entendía que había que vivir el momento sin preocuparse demasiado por qué vendría después. Pero quería creer que podría seguir existiendo tras su muerte. Y se aferraba a ello con el noble deseo de volver a ver a todas esas personas que había querido durante su vida. En otra de las estanterías tropezó inesperadamente con otra fotografía, flanqueada entre dos libros. En el retrato aparecían dos personas. Eran él y su padre. Con una de las manos se aferraba a su padre, con la otra, sujetaba un libro. Ese había sido su primer libro, que no era otra cosa sino unas doce páginas repletas de ilustraciones con poco que leer, pero suficiente para comenzar a entender la importancia que tenían esos objetos.

El paseo se encontraba en sus últimos estertores. El viejo tenía multitud de ideas rondándole por la cabeza sobre qué leer y tendría que decidir pronto, antes de que cayera la noche. Aunque, a decir verdad, no tenía prisa de ningún tipo; nadie le esperaba. De hecho, poca gente le echaría en falta si mañana no saliese a la calle. Sí que se notaría su ausencia en la cafetería, la que visitaba todas las mañanas desde hace más de diez años. Pero, siendo sinceros, al camarero su ausencia le parecería una mera anécdota y esperaría a la mañana siguiente para inquirirle acerca de ella. Sus hijos, tardarían en notar su falta y probablemente lo harían a través de una de sus llamadas mensuales, cuando el anciano no estuviese para responder. Por lo demás, podía estar tranquilo, ya que su desaparición no iba a detener el planeta. Pero no podía. Su vida siempre había estado condicionada al tiempo y había sido tan fiel a su reloj como a su esposa. No le gustaba gastar ni un minuto más de lo debido en alguna de sus tareas, y la lectura no podía ser una excepción. Frunció el ceño como cuando uno recuerda algo importante y, con un enérgico movimiento impropio de su edad, dio media vuelta y se dirigió al estante que hace tan sólo unos segundos había estado a su espalda. Parecía que ya había tomado una decisión respecto a qué leer aquella noche. Cogió el volumen elegido con cariño, casi como si lo tuviera guardado entre paños de terciopelo y limpió con la mano el polvo que tenía, la cual después sacudió contra su ropa. Acto seguido y con el libro bajo el brazo, puso rumbo a una pequeña mesa que estaba en el rincón, aparentemente decorativa. Sobre ella descansaban algunas copas, vasos y un par de botellas de licor. El anciano cogió una de ellas y vertió parte de su contenido en uno de los vasos. Una vez obtuvo su botín, ya era el momento de sentarse en el vetusto diván a degustar ambos placeres. Sonrió tan solo de pensar en el buen rato que le esperaba, y el diván percibió dicha sonrisa. Éste hizo lo posible por acomodar al anciano, aun sabiendo que tendría que hacerlo durante varias horas. No le importó.

Llegado ese momento y con todos los ingredientes ya preparados, el viejo se giró y encendió la pequeña lámpara que utilizaba para leer. La página del libro cobró vida y comenzó el día en el relato. Se humedeció los labios con el licor y saboreó pacientemente la bebida.

Dos horas después, los párpados del viejo pesaban como si estuvieran hechos de acero. Comprendió que debería dejar de leer e ir a descansar. Sin saber cómo, su mano perdió fuerza, perdió el vigor que había tenido durante toda la vida y el libro terminó en el suelo. Nuestro viejo amigo no terminaba de comprender qué ocurría. Unos instantes antes se encontraba inmerso en el Nueva York de los años veinte, y ahora, luchaba con ahínco por mantener el vaso en la mano. Todo el esfuerzo fue en vano y el poco líquido que éste aún guardaba terminó derramado por el suelo. Todo pasó muy rápido. Cuando el viejo se quiso dar cuenta ya era tarde y se vio a él mismo tumbado sobre su colega, aquel diván ocre, con los ojos cerrados y el brazo aun intentando recuperar la fuerza que hasta ahora había albergado. Decidió dejar de mirar aquella dantesca escena y se giró hacia sus libros, a admirar aquellas coloridas cubiertas. Quizás mañana nadie le echará en falta, pero sus libros le seguirán esperando cada atardecer, ansiosos por saber cuál será el elegido aquel día.

 

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El paseo del viejo, escrito por Jorge Sánchez Vega está protegido por una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Publicado originalmente en www.jorgesanchez.nom.es.

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Escrito por Jorge Sánchez

24 de junio del 2011 a las 10:20

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