El post de hoy es un tirón de orejas (un fuerte tirón de orejas) a la compañía de la manzana, pues me ha demostrado que últimamente solo piensa en vender más y más, olvidando aquella premisa que tuvo antaño: la plena satisfacción del cliente.
Para comprender el enfado hay que volver a la mañana del día 1 de enero. Tras una noche de alegría, jolgorio y fiesta, como es normal, esperaba que mi iPhone me despertase a una hora moderadamente decente. Por ello, como cada noche, puse la alarma del mismo.
Al día siguiente me desperté tarde. No le di importancia, pues pensé que era yo el que no había escuchado la alarma, o la había apagado mientras estaba aun dormido. Pero no. Ayer leí este artículo (y este) que me recordó lo que había pasado justo un año antes. El iPhone había vuelto a fallar con la alarma el día 1 de enero. Esto no pasaría a más si no fuera porque este aparato cuesta varios cientos de euros, y se espera de él un rendimiento decente.
El caso es que, tras ocurrir el año pasado, Apple lanzó las correspondientes actualizaciones para todos sus dispositivos… bueno, para todos no. Los que aun conservamos un iPhone 3G debemos ser alguna suerte de apestados, pues no tuvimos derecho a la corrección del error por parte de Apple y este año, casi por sorpresa, el error volvió a repetirse. Esto me hace plantearme que, el día que reemplace ese terminal, no lo haré con otro iPhone, pues no querré volver a ser un “cliente de segunda” cuando el teléfono pase de moda.
Ya digo, muy mal por Apple. Siempre había tenido la imagen de una empresa que fabrica productos de calidad y vela por la satisfacción de sus clientes. Pero esa imagen, al menos para mí, ha cambiado.





